sábado, 17 de noviembre de 2007

Octubre para mí es igual a Noviembre

Por eso te digo que yo no esperaba mucho de la vida, y quizá sea por eso que de pronto encuentro que me ha dado demasiadas cosas. Tampoco creo en la suerte como haces tú, porque la gente con buena suerte se mete en problemas cuando no la tiene; ni menos que esa poca fe en el destino me acerque al pesimismo. Porque si fuera de esa forma y funcionara, yo supondría que en ocasiones derrocho optimismo y se desborda -para colmo de males-, y luego lo tengo que andar rebuscando entre pasto mal cortado, tierra mojada y cielo limpio para echármelo de nuevo a los bolsillos. Entonces sigo con mi camino con varios senderos que se aparecen mientras avanzo; por eso te digo, ¿cómo confiar a ciegas en el camino si tiene pendientes?; ¿si cada sendero aparecido es más engañoso que el anterior?; ¿si busca hacerme caer cada vez que me ve avanzar con los ojos cerrados?.
Dejo la buena suerte de tu lado, y a mí déjame con mis restos de optimismo.



...Sí, el título no tiene relación con nada, pero ya está que acaba Octuviembre.

martes, 23 de octubre de 2007

30 segundos

Amo los comerciales.
Son como pequeños poemas o como diminutas obras de arte. Treinta segundos y algunos quedan de por vida.
¿Qué telenovela?
¿Qué estelares?
¿Qué series?
¿Qué películas?
Los comerciales son lo mejor de la tv, y gracias a youtube los puedo ver todos juntos sin cortes programales.




shileno



sábado, 13 de octubre de 2007

Mi bisabuelo el Quijote




Tenía un sombrero de paja que se ponía los días que pegaba muy fuerte el sol, pero sólo para el trabajo, porque él no descansaba, no ahora que en la casa hay tanto pa' arreglar, que uno empieza y no termina nunca. Se subió un día al techo por una escalera de madera, y le dejó el sombrero a su nieta porque insistía en quedarse a cocinar platos con barro ahí en la huerta, los que después se los daba a probar y él, con todo el valor, se untaba los labios y se relamía fingiendo que era como puré.

El sol quemaba cuando se secó el sudor y la tierra de la frente, cuando su cuerpo flaco y larguirucho bajó por los mismos endebles escalones y dijo: me cansé. Entró a la casa y tomó un baño de más de una hora. Perfumado se sentó en la cocina donde se mandó un buen vaso de vino tinto con su mujer, justo cuando la tarde ya caía y el calor se desaparecía como si se las mismas plantas de la huerta lo absorbieran. El fuego y el carbón comenzaron a crepitar en la noche, hirviendo una humilde tetera. Le echó agua ardiente al mate mientras escuchaba las noticias-puras mentiras dice esta gente-, y dijo que mejor se iba a acostar. Le dio un beso a su mujer, le desordenó con una huesuda mano el pelo a su nieta, y se fue a la cama que no alcanzaba a cubrirle los pies.

Veinte años más tarde, un día que el sol marchitó los tallos verdes, fue cuando se levantó y se asomó a la cocina, cuando vio que la gente lloraba y había una tumba, cuando no vio a su mujer atendiendo a los invitados y a su nieta toda una señorita de luto leyendo un libro tremendo sobre sus rodillas. Entonces no dijo nada. ¿Porqué hablar ahora, después de tanto? Que las palabras son más bien vacías y para él no forman ningún sentido. Volvió a acostarse, cerró los ojos, y esperó un mes, hasta que terminara de morir bien muerto.

Arriba habría tiempo de sobra para hablar con su compañera todo lo que en dos décadas se había privado. Quizás ahí recién le dijera a la pobre qué-cosa-rara le había dado; y probablemente, que es lo más seguro porque dicen que allá arriba todo lo saben, le dijeran que su nieta lo imaginaba como el protagonista de su libraco durante esos años de silencio y ausencia.
Es que él era el Quijote, un hidalgo bien pobre, que medio-enloqueció y se creyó caballero, que quiso luchar contra gigantes y estos terminaron llevándoselo, allá en los molinos del cielo donde las aspas rasgan con ruido de violín, o eso a todos nos han dicho.


Algún día, a mí también me querrá dar la-cosa-rara-esa, y lo sabré. Entonces saldré de toda duda.

viernes, 14 de septiembre de 2007

Te cambio primavera por primavera

En el parque había un abuelo de barba, de esas entre blancas y doradas porque el sol les da justo en pleno y entonces muestran más colores de los que deben aparecer. Sentado en su banquita se acercan los niños a buscar remolinos que tienen colores brillantes y se mueven y hacen un ruido de aire colado, y él le dice a una niñita que le cambia un remolino por un beso a lo que ella se medio ríe y se lo da en su mejilla surcada de tantos amaneceres y atardeceres, de navidades y fiestas patrias, de sentir lluvias de agosto-porque él ha logrado pasarlo- resbalando hacia la tierra mezcladas con lagrimas nostálgicas de las que anteceden a la primavera que ya está aquí, sí, yo también la veo sobre mi cabeza, tan azul y vibrante, y también he llorado, hay que decirlo. Entonces me acerco preguntando si le puedo comprar uno con un beso, y él se sonríe y cambiamos, y yo miro contenta mi remolino porque son simples y divertidos, pero después me asalta el olor dulce del algodón de azúcar y quiero comprarlo también, pero quiero ahorrar besos porque desde los cuatro años me han enseñado que eso es bueno. Decido cambiar una de mis monedas por uno de los algodones, y ya tengo dos cosas que me gustan en las manos, y quizás cuando llegue a la casa cambie mi remolino por una guitarra porque me gustan las guitarras también, aunque mis dedos sean para el piano y tampoco sepa tocarlo.