sábado, 13 de octubre de 2007

Mi bisabuelo el Quijote




Tenía un sombrero de paja que se ponía los días que pegaba muy fuerte el sol, pero sólo para el trabajo, porque él no descansaba, no ahora que en la casa hay tanto pa' arreglar, que uno empieza y no termina nunca. Se subió un día al techo por una escalera de madera, y le dejó el sombrero a su nieta porque insistía en quedarse a cocinar platos con barro ahí en la huerta, los que después se los daba a probar y él, con todo el valor, se untaba los labios y se relamía fingiendo que era como puré.

El sol quemaba cuando se secó el sudor y la tierra de la frente, cuando su cuerpo flaco y larguirucho bajó por los mismos endebles escalones y dijo: me cansé. Entró a la casa y tomó un baño de más de una hora. Perfumado se sentó en la cocina donde se mandó un buen vaso de vino tinto con su mujer, justo cuando la tarde ya caía y el calor se desaparecía como si se las mismas plantas de la huerta lo absorbieran. El fuego y el carbón comenzaron a crepitar en la noche, hirviendo una humilde tetera. Le echó agua ardiente al mate mientras escuchaba las noticias-puras mentiras dice esta gente-, y dijo que mejor se iba a acostar. Le dio un beso a su mujer, le desordenó con una huesuda mano el pelo a su nieta, y se fue a la cama que no alcanzaba a cubrirle los pies.

Veinte años más tarde, un día que el sol marchitó los tallos verdes, fue cuando se levantó y se asomó a la cocina, cuando vio que la gente lloraba y había una tumba, cuando no vio a su mujer atendiendo a los invitados y a su nieta toda una señorita de luto leyendo un libro tremendo sobre sus rodillas. Entonces no dijo nada. ¿Porqué hablar ahora, después de tanto? Que las palabras son más bien vacías y para él no forman ningún sentido. Volvió a acostarse, cerró los ojos, y esperó un mes, hasta que terminara de morir bien muerto.

Arriba habría tiempo de sobra para hablar con su compañera todo lo que en dos décadas se había privado. Quizás ahí recién le dijera a la pobre qué-cosa-rara le había dado; y probablemente, que es lo más seguro porque dicen que allá arriba todo lo saben, le dijeran que su nieta lo imaginaba como el protagonista de su libraco durante esos años de silencio y ausencia.
Es que él era el Quijote, un hidalgo bien pobre, que medio-enloqueció y se creyó caballero, que quiso luchar contra gigantes y estos terminaron llevándoselo, allá en los molinos del cielo donde las aspas rasgan con ruido de violín, o eso a todos nos han dicho.


Algún día, a mí también me querrá dar la-cosa-rara-esa, y lo sabré. Entonces saldré de toda duda.